viernes, 17 de febrero de 2012

Sexismo en el trabajo: un debate abierto

Sin duda hay sexismo en el trabajo igual que en la vida diaria. Vivir en un cuerpo de mujer comporta muchas veces pequeñas violencias que por cotidianas hemos olvidado darles importancia. La desigualdad real (en las leyes ya sabes que existen medidas para la igualdad, pero desgraciadamente no se cumplen siempre) llega a todas las esferas de la vida, incluida la laboral. Por supuesto, hemos mejorado respecto a años atrás, pero no es oro todo lo que reluce y la crisis está sacando a la luz las sombras de las desprotecciones laborales hacia las mujeres. Es cierto que a muchas se les exige más que a sus compañeros, que se imponen horarios imposibles de conciliar no ya con la vida familiar sinó con cualquier vida al margen de la laboral, que a mismas condiciones hay menos sueldo en algunos ámbitos, que la promoción es más lenta y se para antes. No lo digo yo, sólo hay que ver las estadísticas que publican los Institutos de la Mujer cada año para el 8 de marzo o el Día Contra la Violencia de Género o el reciente informe  "D+D: Mujeres doblemente discriminadas. Promoción de una cultura empresarial no discriminatoria" que Mujeres en Red comenta. Pero los casos más flagrantes son aquellos que tienen que ver con la maternidad (y no digo paternidad porque por desgracia parace que muchos -no todos, por suerte- continúan considerando que la mujer engendra, pare, cuida y educa sola a los hijos).


Todo esto viene a cuento de debate iniciado por El País: ¿Hay sexismo en las empresas? en el que no he podido resistir participar. Lo he vivido en carne propia al ser despedida justo antes de reincorporarme al trabajo en una ONG, para más inri, después de mi maternidad; argumentos: económicos, quejas de mi productividad y otras excusas que fácilmente fueron desmentidas por los informes previos a mi maternidad en que se valoraba muy positivamente mi desempeño y mis resultados. ¿Qué había pasado, en qué había cambiado como trabajadora cualificada y con la experiencia adquirida en años? Se ve que la maternidad me había vuelto "inservible" y no tuve opción de defensa. Lamentable, de pronto me encontré en paro en el peor momento posible de la economía española, madre reciente, con unos añitos ya y con la hipoteca como espada de damocles.

No soy un caso único, al contrario. A mi alrededor muchas han sido las amigas y conocidas -excepto las funcionarias y dos de diez en mi círculo más cercano- que han sido despedidas al quedarse embarazadas, al regreso de sus bajas por maternidad, cuando pidieron alguna reducción de jornada o, con algo más de disimulo, pasados seis meses de su reincorporación y al acabar, casualmente, la lactancia. ¿Importaron las leyes y prohibiciones? Para nada, se las indemnizó más mal que bien y punto. En estos casos concretos, todas ellas eran mujeres licenciadas con más de diez años de experiencia a sus espaldas, que habían promocionado a golpe de muchas horas extras y desvelos, que se habían continuado formado con másters, postgrados, cursos y dobles jornadas, mujeres en quién la empresa incluso había invertido en formación y expectativas... Todas ellas postergaron para los treinta y muchos la maternidad hasta estar consolidadas en sus puestos de trabajo y la planificaron junto a sus compañeros para el momento en que consideraron que era menos perjudicial para sus carreras -siempre lo es de algún modo-, para sus empresas y para la estabilidad de la pareja. Muchas hicieron horas extras para dejar todo bien atado antes de sus bajas de maternidad, trabajaron incluso estando de baja médica por algún problema del embarazo y a riesgo de su salud y la del niño. Algunas renunciaron a pedir reducciones de jornada porque consideraron que para la empresa no sería beneficioso, aunque visto lo visto, si la hubieran pedido por lo menos hubieran estado más protegidas legalmente contra el despido improcedente. Unas pocas incluso sufrieron un moobing brutal al no aceptar despidos completamente ilegales (no ya improcedentes); una de ellas pasó tres meses acudiendo puntualmente a trabajar sus ocho horas sin que le dieran una sola tarea, sentada sola ante un ordenador apagado que no podía encender para consultar internet porque hubieran alegado que hacía cosas personales, sin poder recibir llamadas de teléfono, sin hablar con los compañeros a quienes la empresa había aleccionado para que no le dirigieran la palabra ni le pasaran trabajo alguno. ¡Tres meses! Viendo pasar las horas con desesperación mientras su hijo de apenas cuatro meses se quedaba en casa con los abuelos o con una cuidadora extraña porque su padre estaba trabajando y su madre cumplía con su contrato laboral. ¿Qué nos está pasando? Todas mis amigas y conocidas tenían maridos y compañeros que eran también felices padres. Ninguno de ellos sufrío acoso o despido alguno. Incluso alguno fue felicitado por su nueva condición de hombre responsable y padre de familia con un aumento de categoría o sueldo.

El tiempo ha pasado y sigo buscando trabajo. Como para todo el mundo es difícil, o quizá un poco más: encontrar trabajo siendo madre no es fácil. Por un lado algunas empresas suponen que la madre será una fuente de absentismo laboral injustificado porque ella y sólo ella será la responsable de los desvelos, enfermedades, visitas al pediatra o viajes a la escuela de sus hijos. Por otro lado las ofertas proponen horarios disparatados para cualquiera que quiera ver a sus hijos corriendo, saltando, jungado o estudiando, haciendo lo que sea pero fuera de la cama. ¿Qué padre o madre puede educar a sus hijos, disfrutar de ellos, reñirles cuando hace falta y apoyarles para que sean personas felices, autónomas y de provecho en el futuro si su horario laboral empieza a las nueve de la mañana y acaba a las ocho o las nueve de la noche? Añadan tiempos de transporte, alguna contingencia eventual que haya que atender con horas extra y díganme cuándo se supone que esos padres van a estar con sus hijos. ¿Habremos de aprender a interpretar los ronquidos de nuestros hijos para saber cómo les va la vida?

Así pues, a mi alrededor se extienden los deseos de mujeres que estudian para opositar a la función pública que tiene horarios más humanos dejando atrás años de arduos estudios y acumulación de experiencia laboral. ¿Nadie se ha preguntado porqué hay tantas funcionarias? Mujeres que optan por medias jornadas, las que pueden gracias a que su pareja tiene una jornada completa y un sueldo que sumado a la media jornada permite seguir adelante aunque sea empobreciéndose la familia. Mujeres que se ven tentadas a dejar su profesión colgada e ir a pedir trabajo de cajera en el supermercado de la esquina, a mucha honra, que como decía Thais Villas en una entrevista sobre su larga época en paro y su desesperación ante la falta de ofertas antes de trabajar en el Intermedio, "yo, para doblar camisetas en el Zara, valgo". O mujeres que, si con el sueldo de la pareja es suficiente -que son los casos menos comunes- deciden ser amas de casa y madres a tiempo completo porque no les sale a cuenta trabajar para pagar las carísimas guarderías, los campamentos para las vacaciones de los niños -que no coinciden con los padres-, las niñeras o que no cuentan con abuelos y abuelas a quienes usar como comodín. Y a pesar que la maternidad y la paternidad son una elección en la mayoría de los casos deseada y meditada y que se disfruta con intensidad, laboralmente hablando queda un regustillo amargo que se atraganta cuando alguien justifica aquello de "es que las mujeres embarazadas y madres le cuestan mucho a la empresa, es normal".

Así que sí, hay sexismo en el mundo laboral. Hay acoso sexual. Hay discriminación en sueldos y condiciones de acceso y de promoción. Hay techos de cristal. Hay mitos sobre la maternidad que nos llevan a convertirnos en una sociedad en que tener hijos es un privilegio. A mí me dan ganas de irme a vivir a Finlandia, la verdad, ¡si no fuera por el frío y los altos índices de suicidio!

2 comentarios:

Sandra Ferrer dijo...

Hola, una amiga periodista me ha recomentado esta entrada y este blog. No puedo estar más de acuerdo con tus palabras. Los discursos políticos son muy bonitos. La conciliación es uno de los lemas más recurrentes y efectivos para ganar votos. Pero nuestro día a día dice que es todo lo contrario. Te sigo y compartiré esta entrada entre mis seguidores. Un saludo

Celia Ramón Wyser dijo...

Hola Sandra, gracias por tu comentario y tu seguimiento. Ya he visto que estamos en sintonía mirando tu blog. Como dices, en los discursos todo son buenas intenciones, pero todavía está por ver alguna medida realmente efectiva que pase por un cambio de mentalidad y una mayor implicación en la criaza de toda la sociedad. Ahora parece que los hijos son un capricho y el PROBLEMA de los estúpidos padres que han decidido con egoísmo dejar de ser productivos. Nadie se da cuenta de la grandísima tontería que acabo de plasmar? Nadie ve que son nuestro futuro? Que de su creatividad, felicidad, autoestima, compromiso social, educación, intereses... Depende nuestro futuro? Seguiremos dn la brecha a ver si alguien nos oye :)

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